
Resulta que no había nadie más con quién salir, y que tenía yo veintidós años y demasiada testosterona en sangre. Mi amigo Ricardo alguna vez me dijo:
"Con tal que sea mujer y esté sanita, no hay problema."
Por lo que me decidí a entrarle. Además, no estaba tan mal: tenía buen culo --no los almohadones de carne que, por cierto, muchas gordas tienen por acá y que tantos varones de absoluto mal gusto alaban en demasía--; un buen culo de mujer, consistente y redondeado, nada esperpéntico sino por el contrario, acariciable y suave. Pero eso lo vendría yo a descubrir luego, no mucho más tarde.
Resultó ser una gran conversadora. Aunque al principio me había parecido que tenía los ojos más horribles del mundo, luego no me costó gran cosa sostenerle la mirada, porque decía cosas interesantes.
De hecho, resultó ser una especie de alter ego. Le gustaba la Literatura, adoraba las películas independientes, francesas e italianas, manejaba el inglés con soltura sorprendente y --la cereza del pastel-- escribía poemas, tan intrascendentes como los míos, en cuadernos de una caligrafía minuciosa que yo, andando el tiempo, llegué a reconocer como uno de sus sellos inconfundibles.
Otra de sus improntas era la inflexibilidad de su carácter. Criada por una madre tan implacable y fea como ella --lo que se hereda no se hurta, de raza le viene al galgo, etc., etc.--, había mamado la disciplina en la leche. Tenía hábitos espartanos y era capaz de asumir las rutinas más áridas.
Llegué a enamorarme de ella, extrañamente, la tarde que hicimos el amor por vez primera. ¿Suena a balada? Pues sí, nuestra cortina musical eran las canciones de Camilo Sesto, a ambos nos gustaban esas tonadas melancólicas en la voz de ese gay asolapado de voz extrañamente potente.
Y yo había tratado de llevármela a remecer los catres desde hacía algunas semanas. Mi miembro la saludaba con rigidez militar cada vez que se acercaba; de hecho, hasta pensé que mi pene se había convertido en una especie de brújula guiada por el magnetismo del deseo, pues más de una vez me señalaba la dirección de su presencia, aun cuando mis propios ojos no la hubieran discernido aún.
Esa tarde paseábamos por una avenida de lo que en mis tiempos era el Cono Norte y ahora se llama Lima Norte (esencialmente, porque la gente ahora tiene más plata y compra más. A los comerciantes no les gusta poner centros comerciales en los Conos.) Nos detuvimos a ver un anuncio y escuchamos a Camilo musitando a escondidas tengo que amarte.
Nos mató los remilgos. A tirar, a tirar, antes que nos acabe el calentamiento global.
Ya en el cuartucho, en calzón y sin brassière, se arreboló y me confesó con ojos bajos que era virgen todavía. Su rubor (que en su fea cara morena la hacía verse morada), y el desconcierto por la no anticipada dificultad de su desvirgamiento, ambos hicieron que mi brújula por unos segundos perdiera su norte.
Pero el cuento no tendría buen final si el Capitán Pichula no hubiera recuperado su firmeza en el campo de batalla. Me costó, carajo, pero puedo decir que redondée la faena: es decir, no la traumaticé y hasta creo que le gustó un poco.
Claro, el resto es historia. Con cada sucesivo polvo la cosa iba mejorando. Al cabo de tres meses fornicábamos como dioses romanos que se hubieran reencarnado en dos modelos de Rubens.
Hasta que a ella se le ocurrió pensar que el asunto iba demasiado bien, y con católico neuroticismo, me rompió el corazón diciéndome adiós. Vivir así es morir de amor.

1 comentario:
Y pues, que se va a hacer. "Tira hijo, solo no te enamores". Consejos de los abuelos, amigo mío.
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